
Conoces todos los resortes,
las zonas erógenas de la memoria.
Sabes que tu voz era de cine
en primeras citas lluviosas.
Tú traías una tarántula en la garganta
y quisiste ahogarla
en mi cuartucho, anegado de saliva.
Siempre llovía en nuestras primeras citas
y después, ya sabes, el sol desinfectante
como una bola de alcanfor
que mantuviera la araña a raya,
de nuevo mi cuartucho, ya aséptico,
dos viejos, codo con codo, mirando el techo.
A veces bebíamos en alguna tasca
por los buenos tiempos
y yo jugaba a la gallina ciega
con tu araña
y tú aplaudiendo y llorando y riendo
porque jugaba en serio, iba a por el insecto.
Siempre llovía en nuestras primeras citas
y eso, ya sabes, sólo pasa una vez en la vida.
Por ese entonces nuestro abrazo ya era excesivo.
No quise que un sol de alcanfor
calentase el cuartucho,
manteniendo a raya la araña.
Y tú ya harta de aplaudir, de llorar y de reír
te largaste con ella ante una estela
-eso sí- de sábanas limpias.
Probablemente su veneno engancha
y eso, ya sabes, sólo pasa una vez en la vida.
A saber por qué mi memoria
no la manda a que le den morcilla.